Antiguamente, en los orfanatos, a los niños huérfanos o abandonados se les asignaba un apellido que podía ser Expósito (del latín expositus = abandonado), aludir a una virtud cristiana (Piedad, Gracia, Paz) o recoger el nombre de su ciudad natal, por si acaso fueran a sentirse perdidos. Esta última es la referencia que atribuyo a mi primer apellido: Soria, aunque no es allí donde está ahora mi familia. Ya quisiera. Es más, ya quisiera yo vivir en Soria y perder mi nombre para responder ante mi apellido. «Aquí tiene, señorita Soria que vive en Soria», y daría las gracias a la camarera antes de meterme un buen torrezno en la boca.
Mi segundo apellido es Carro y, en un intento de deletreo, esto es lo que digo cuando el chico del laboratorio se dispone a anotar mi correo para mandarme estas fotos: «M de Marta, Soria, como la ciudad, Carro, como el carro de la compra». Los apellidos que siguen son los de mis abuelas: de Diego Rossell. Y los demás suelen morir en la indiferencia, a no ser que Emilio Martínez Lázaro dirija la película de tu vida o tengas un abuelo que haya dedicado la suya a dibujar el árbol genealógico. Yo lo tuve, mi yayo (para distinguirlo del abuelo materno). Por eso me los sé. Ahí van mis ocho apellidos mixtos: Soria Carro de Diego Rossell Iriarte Gavilán González Bueno.
Introducciones hechas, hoy vengo a contarte algo de Iriarte, el quinto.
Estaba con mis amigos Andrea y Ginés en La Cocinilla de Rita y Darío (uno de mis escondrijos favoritos de Madrid, en el barrio de las Letras), cuando Ginés nos propuso un viaje a La Rioja para ver a Los Picaos. Había leído acerca de este rito penitencial en algún libro sobre la España negra, y le había impresionado descubrir que, ante la intensidad del dolor que estos hombres se provocan al autoflagelarse, uno puede llegar a experimentar placer. «¿Quieres decir que se excitan al fustigarse la espalda?». «¿Mientras el mundo los mira?». «Con más razón». Sería de mala educación lanzar esa pregunta a un picao. Sus motivos para darse ochocientos latigazos en la espalda son bastante más serios. Hoy, Los Picaos solo pueden verse en un lugar: San Vicente de la Sonsierra, en la Rioja Alta.
En San Vicente de la Sonsierra nació mi yayo. Pero creció en Logroño y siguió creciendo en León, Zaragoza, Madrid. Por resumir el cuento, siempre he dicho que era madrileño, cargándome sin remordimientos el peso de toda una vida, solo porque esa no fue la parte que compartí con él. Resumir el cuento es un hábito que ahora intento desaprender.
El día que llegamos, el pueblo estaba tranquilo. ¿Cómo describirte tranquilo? Estaba vacío. Dejamos las maletas en el apartamento, a veinte pasos de la plaza, y salimos tan pronto como vimos que no había champú. En la tienda del final de la calle, con una barra de pan entre los brazos y un pack de cervezas, papel higiénico, queso, pavo barato y otros básicos avanzando por la cinta, dije al propietario: «Aquí nació mi abuelo. Se llamaba Jesús Soria». Él sonrió inmune, confirmó el total de la cuenta y pagué sin descuento.
Como una no va por la vida esperando sorpresas, no se me ocurrió ni por asomo dar más detalles sobre mi familia ni mencionar el segundo apellido de mi yayo Jesús. Suerte la mía, sí se le ocurrió al encargado de la tienda compartir este encuentro con su esposa.
Ginés miró el reloj. En una hora pasaría la procesión bajo el tejado de nuestro apartamento. Andrea y yo nos adelantamos y bajamos al bar de enfrente, uno cualquiera. Lo pienso ahora e imagino a mi yayo con sus prismáticos, ahí arriba en un cielo amueblado, observando a su nieta entrar en el bar de la familia, ¡el bar de su prima y ella sin saberlo!, inclinar el pecho sobre la barra y pedir «dos tintos, por favor», tan ajena al espacio que ocupa, tan inconsciente de que el apellido Iriarte vive en el pueblo, porque ella está aquí nada más que por el morbo de ver a Los Picaos. En cuestión de minutos, la calle se llena a lado y lado, se forman dos y tres hileras, los más altos se arramblan a la pared y ceden su lugar a los niños, dos vecinos se enzarzan, los turistas aguardan en silencio, nosotros entre ellos. Escribo a la propietaria para decirle que está todo bien, que muchas gracias, que la avisaré cuando sepa a qué hora marcharemos el domingo, pero que muy probablemente sea a mediodía. Ella responde con una pregunta.
Si has leído «Yo soy tu familia» en voz de Darth Vader, a mí también me pasó. Los mensajes sucesivos se resumen en: «Pásate por los arcos de la plaza, que estará otra prima, se llama Ana», «Baja, que te presento a mi tía Conchi, es la dueña del bar», y una reiterada onomatopeya «Voy!!!». Y fui. Y vino familia de otros pueblos. Y aprendí que mi primo tercero había sido alcalde en San Vicente de la Sonsierra. Y nos invitaron a la bodega, y al bar, y a sus casas, así que normal que mis amigos me llamaran: la señora feudal. «Aquí tiene, señorita de descendencia Iriarte», y agradecería otro torrezno, que también en La Rioja se estilan.
Todo este enredo, que nada tiene que envidiar a los José Arcadios y Aurelianos de la familia Buendía, fue sucediendo en el mismo tiempo que un aire muy solemne se rompía con el sonido de un nuevo latigazo.
De niña, los nazarenos me daban miedo, pero también me daban barquillos de galleta, así que se me pasaba el susto en cuanto veía la bolsa llenita de carbohidratos. Los Picaos me impresionaron, pero solo en el momento. Nos hemos acostumbrado a tanta barbarie. ¿Qué habría de pasar para que algo nos sorprenda?
«Yo soy tu familia».
Al parecer, cuando concluye la Semana Santa y los picaos recuperan sus nombres y el agujero de la boca para beber vino, en San Vicente de la Sonsierra desaparecen todos los curiosos y quedan los Iriarte. De vuelta en Madrid, instalada en este sillón orejero desde el que te escribo, vuelvo a esa imagen de la calle vacía, tal como la vimos a nuestra llegada, y pienso en el Macondo de Márquez y en ese otro pueblo fantasmagórico, Comala, que inventó Juan Rulfo1. Imagino a mi familia (la que ya no está, los cien apellidos del árbol genealógico) paseando en procesión, guiados por mi yayo Jesús, nombrándolos, presentándolos unos a otros, promoviendo la conciencia familiar, como un cura con su rebaño de ovejas. Aunque no eran ovejas lo suyo. De niña, cuando despertábamos los primos en la casa de Argüelles el día de Año Nuevo, él decía: «Buenos días, cabras mías». Y nosotros no sé qué responderíamos, «buenos días», como poco, espero.
En pueblos anteriores…
PD. El sábado 7 de junio se celebra en el Museo de América, cuya bibliotecaria resulta ser mi amiga Andrea, esta conferencia sobre Pedro Páramo. Si te animas, saluda.











Hay algo en tu historia muy familiar -perdón por la broma mala-, como si lo hubiese escrito alguien de mi pueblo con quien nunca hablé pero con quien comparto idioma emocional. Gracias por este pedacito de, simple, llanamente y, por desgracia, cada vez menos común, vida.
Ocho apellidos, una familia, muchos recuerdos y una historia preciosa. ❤️